No hay herida más silenciosa, ni dolor que quiebre más el alma, que la ausencia de ese abrazo maternal en donde nos sentimos verdaderamente protegidxs. Ese toque milagroso en el alma donde se percibe, sin palabras, un amor incondicional.
Y, sin embargo, esa suele ser nuestra primera condena como seres diversxs: cuando elegimos ser libres, auténticxs, verdaderxs, muchas veces se nos arrebata ese instante sagrado en el que un cuerpo abraza y el alma descansa.
Nos restringen esas milésimas de segundo en las que podríamos creer, aunque sea por un momento, que todo va a estar bien.
Por eso salgo a la calle, con el corazón abierto y los brazos extendidos. A entregar ese abrazo que no juzga, no condiciona, no impone: ese abrazo que sana.